miércoles, 28 de enero de 2015

Capítulo 22 -Sensitive- PARTE I

Caleb

Habían pasado días en los que había estado en esa tonta cama recuperándome de mi cabeza. Al fin podía moverme con fuerza y energía para poder irme de ese maldito lugar. Si algo odiaba era no hacer nada y ser un completo inútil al que deben de cuidar. Al fin sería capaz ver a mi hermana después de días de no verla y no saber cómo está. Por lo que sé ha estado en casa de Eric y eso era bueno ya que aquel pelmazo tenía un hermano menor que jugaría y se compatibilizaría por completo con mi pequeña monstruo. Eso y que la mamá de Eric era como prácticamente su tía. Sabía que pudo estar bien con su familia y me relajaba en cierta forma que el moreno aún no se mudara por completo de aquella casa, para irse a vivir con su hermano mayor.

Me gustaba que estuviera con gente que en realidad conocía, así estar tranquilo por supuesto. Matt se había encargado de decirle que me fui de “viaje” para aclarar unos asuntos fuera de la ciudad respecto a la tienda, funcionó ya que lo creyó. Pero nada sacaba esa espina incómoda que tenía cada vez que le mentía a mi hermana.

No es que ahora no hubiera estado tranquilo por eso. Quitando la situación de que parecía torpe en un hospital durante todos estos días, no fue tanto ya que tuve la mejor enfermera que pude haber tenido. Christine se había ocupado de mí como si hubiera sido un enfermo terminal, me encantaba pero a veces exageraba hasta el punto de darme la comida en la boca. ¿Era eso necesario? Negué con mi cabeza divertido recordando todas esas veces. Mi parte trasera de mi cráneo había mejorado favorablemente, nada me dolía y ahora podía estar como antes. Con fuerzas y energías recargadas. Por lo que ahora sólo me dediqué a ordenar la ropa en mi bolso dispuesto a irme de esa habitación infernal. Lo cerré y suspiré, por fin joder. Quería salir de ahí y respirar el aire matutino de Chicago ahora más que nunca, incluso me atrevería a decir que extrañaba mi cacharro.

-¿Señor Small? –Sentí la voz de una mujer a mis espaldas. Entrando por la puerta de la habitación, era una de las enfermeras que se encargaban de mí mientras estaba en cuidados intensivos. Su cabeza se asomó al ver que estaba ya listo para irme de ese lugar, mi bolso y mis cosas estaban en completo orden –Tiene una visita ¿la dejo pasar? –Asentí, sabiendo de quién se trataba por lo que inmediatamente se formó una sonrisa de bobo en mi rostro. Ella desapareció de la puerta dejándome solo por un pequeño momento.

En el instante más inesperado una castaña sonriente y alegre abrió la puerta impaciente, asustándome y sorprendiéndome de sobremanera. Pero me encantó ya que en segundos la tenía en mis brazos, con sus piernas enrollándose en mi cintura. Había entrado y saltado tan velozmente que el único instinto que tuve fue aceptarla. Como una dulce condena.

Reí dándome cuenta que tanto yo como ella, extrañaba recibirla así. De pie y con energías de sobra para besarla todo el maldito día si era necesario.

-Christine –Dije divertido al ver que no cedía a separarse de mí, con sus piernas apretando mi cintura y sus delgados brazos alrededor de mi cuello. Mis manos fueron a parar desde luego en su pequeña cintura. Era increíble que no pesara, o al menos eso sentía. Tenerla así era como sostener una pluma, sin exagerar por lo que no me acomplejé de no distanciarnos. Podíamos esta así todo el día si era necesario –¿Qué haces? –Ella me mostró un puchero avasallador.

-Extrañé verte así. No es lo mismo verte así que en una cama –Respondió con voz de niña pequeña. Le sonreí abiertamente mirando sus labios carnosos tan cerca de mí, quería probarlos maldita sea. Con excitación y sin sacar mi sonrisa, la tomé para dejarla de espaldas en la cama de hospital que a estas alturas estaba ya ordenada. Suponiendo que no la iba a usar nunca más, hasta ahora.

-Me estás tentando –Christine frunció su ceño fingiendo inocencia. Sin sacar sus piernas de mi cintura, ambos estirados en la cama. Estaba tan cerca de su boca que me estaba volviendo loco.

-¿Yo? –Fingió confusa. Jugué con mis labios en los suyos entre tanto, no podía esperar a estar los dos completamente solos. Asentí.

-Claro que sí –Susurré. Me miró pícara a lo que me hiso entender que quería besarme tanto como yo a ella. Después de unos segundos observándola, la devoré en pocas palabras. Me adentré entre sus labios con mi lengua traviesa pasionalmente. Me respondió de igual forma sin evitar sacar un gemido de lo más profundo de su ser. Durante el beso claro. Me hiso jadear cuando tomó con fuerza mi cabello mientras nos besábamos. Maldición, cómo extrañaba besarla así. Habían pasado días que para mí, habían sido como años interminables por tenerla así conmigo. Jugué con sus labios por varios minutos mientras ella seguía a mi ritmo, mis manos no lograron tener la cordura de mi cerebro ya que fueron a parar en el principio de su blusa. Sabía que no estaba bien hacer aquello, menos era el lugar indicado, pero en cierta manera estaba desesperado. Desesperado por tenerla a mi completa merced, tanto era que empecé a besar su cuello luego de minutos de besos mortales. Su lengua jugueteó con la mía por último para darme lugar a hacer lo mismo con su cuello. Christine gimió.

-Caleb para –Dijo apenas en un susurro. No tenía nada claro en ese momento y es que mi desesperación estaba en su punto máximo. No aguantaba ni un minuto más sin ella, lo cual se empezaba a convertir en un juego peligroso. Para ambos, sin embargo no tomé en cuenta su aviso –Estamos en un hospital –Entonces mi mente se aclaró, mierda. Era cierto, estábamos en ese puto hospital aún. Ni siquiera me di cuenta que la había colocado en esa cama dispuesto a hacerle el amor como un loco. Ateniéndome a las consecuencias. Me separé de su cuello y de su anatomía, mi cuerpo tenía bastante calor si es que lo puedo decir. Por lo que vi, el suyo estaba igual.

-Lo siento amor. Me dejé llevar –Le sonreí nervioso y disculpándome, ayudándola a pararse de la cama. La cual por cierto, duró muy poco ordenada. Christine me sonrió de igual forma levantándose y arreglándose, de por sí me comprendía.

-No te preocupes. Fue la emoción de tener al fuerte Caleb –Bromeó sacándome una risa. Era cierto, éste era el verdadero Caleb. Demonios, había regresado en toda mi plenitud. No podía esperar a salir de ahí y con Christine entre mis brazos. Suspiré.

-Aunque no me arrepiento. Nunca me arrepentiría de estar desesperado por estar contigo –La tomé por la cintura para volver acercarla a mí. Es que no lo podía evitar, joder. Ella sonrió cómplice y su mirada divertida.

-Vaya, qué romántico Small –Bufé, sacando mi gesto relajado.

-No me digas romántico, soy todo menos eso –Christine rodeó los ojos. No es que me molestara, bueno sí me molestaba. No me gustaba esa característica, eso es todo.

-Con esto me queda claro que volvió el verdadero Caleb –Asentí orgulloso robándole un beso. Más tierno que otra cosa, era lindo hacerlo así, me gustaba y nada se comparaba con aquello –¿Vamos? –Volví a asentir, pero tenía una duda. La cual no titubeé en sacármela en un segundo.

-¿Cómo está Melanie? –Mi novia me miró con una sonrisa torcida.

-Me preguntaba el por qué no me preguntaste por ella antes –Dijo negando su cabeza divertida. Le sonreí abiertamente –Pero está bien gracias a Dios. La he ido a visitar bastante seguido, me confesó que raramente te extraña –Lanzó una risa a lo cual me hiso saber que estaba recordando cuando le dijo aquello con melancolía. Para mis adentros me quise golpear, era un idiota al ocultarle cosas a mi hermana. Pero era muy pequeña y no quería involucrarla en cosas malas, no se lo merecía. Como también mis padres jamás hubieran dejado que hiciera lo contrario.

-Y uhm ¿algo más ha pasado en mi ausencia? –Supo de inmediato que no quería hablar de eso. Y en cierta forma me afectaba y ella lo comprendía. Decidimos cambiar de tema deliberadamente. La castaña pensó en un segundo a lo que después me miró con perspicacia y emoción. Algo muy retorcido que no logré comprender.

-No me lo vas a creer –Dijo con expectación. La miré sin entender aún.

-¿Qué?

-A Eric le gustó Alyssa –¿Qué demonios? ¿A Eric le gustó su mejor amiga? No me sorprendía de que al moreno le gustaran en exceso casi todas las mujeres, sin embargo me sorprendía más de quien le gustaba. Joder, no había forma de parar a ese musculito. Fruncí mi ceño notablemente.

-¿Qué? ¿y eso cómo pasó? –Pregunté de forma divertida y un poco confundido. Es que nunca me lo esperé. Ella levantó sus hombros, con la misma pregunta.

-Supongo que se gustaron cuando se vieron en el hospital, no lo sé –Wow. Ver para creer, demonios, necesitaba saber de eso. Reí estúpidamente en mi cabeza.

-Espera ¿a tu amiga también le gustó Eric? –Hablé a punto de soltar una carcajada. Negó de nuevo con entretención.

-No lo sé, ella me dice que sólo le llamó la atención. Pero no le creo, y además espero que respete a su novio alemán –Terminé por reír ávidamente. Nunca se me pasó por la mente que nuestros amigos se fijarían el uno con el otro. Sin embargo, eso no se predice. La vi titubear unos segundos para luego mirarme.

-¿Algo más? –Se mordió el labio un tanto nerviosa, acercándose a mí para luego rodear mi cuello con sus delgados brazos. No entendí su actitud, pero eso no evitó que la aceptara abrazándola por la cintura. Nunca he podido evitar corresponderle, maldición.

-Sí, tal vez –Me sonrió con sospecha, comprendió desde luego que no entendía su mirada –Te he extrañado, eso es lo que ha pasado –Reí levemente, moviendo mi cabeza sanada de un lado a otro provocando un encantador roce entre su nariz y la mía. Algo que hiso que tuviera escalofríos inminentes.

-Me has venido a ver casi todos los días –Dije entretenido. Mi chica bufó.

-Sabes que no es lo mismo. Ya te dije, no es lo mismo verte así de fuerte que en una tonta cama –Mordí mi labio inferior viéndola. Era increíble hasta qué punto amaba a esa chica, era mía. Christine me correspondía lo cual era aún mejor. La abracé con mucho más vigor hacia mí, para que supiera que jamás me separaría de ella.

-Te amo –Susurré sin poder evitarlo en sus labios, sus ojos me miraron maravillados frente a los míos. Los de ella brillaban y estaba seguro que los míos estaban casi o igual a los suyos. Me sonrió con ternura, ahora rozando sus carnosos y exquisitos labios con los míos.

-Y yo a ti, mucho –La besé para hacerla entender mis sentimientos. Los sabía por completo, pero sentía que tenía que expresárselos así. No me salían con palabras, sin embargo me salían con los infinitos besos que yo podía llegar a darle a esa chica. Nuestros labios se rozaban con ternura, sin lenguas de por medio. Sólo algo leve y suave que se volvía aún más extraordinario que cualquier otra cosa. Sentirla mía y capaz de darle todo lo que Christine quisiera en la vida, estaba seguro que lo haría por ella.

-¿Christine? –La llamé en su boca al separarme unos milímetros, después de minutos de estar en cualquier lugar, menos en donde lamentablemente y en realidad estábamos. Una estúpida sala de hospital. Ella abrió sus ojos, como si saliera de su encantamiento con dificultad al igual que yo –¿No has sabido nada de Harrison? –Su gesto cambió por completo, como si no pudiera creer lo que decía. El gesto de por sí había cambiado a uno serio, la había cagado lo sabía. Pero las dudas, había que sacárselas ¿no? Se separó de inmediato de mí, cortando cualquier contacto con mi anatomía.

-Es que no puedo creerlo. Podrías ser un poco más sensible con el momento ¿no? –Me reprimió. Bien, sabía que no le gustó para nada mi intromisión. Pero era mejor que ocultarle mis preguntas. Levanté mis hombros entre divertido y un tanto quejumbroso, mirándola cómo cruzabas sus brazos frente a mí. Sin tocarme.

-¿Y qué esperas que haga? Gracias a ese maldito yo caí en el hospital –Respondí con obviedad. Su vista titubeó y relajó sus brazos al saber que lo que había dicho era cierto. Se resignó con un suspiro a responderme. Tragó saliva.

-Bueno –Tartamudeó –No he sabido nada, por lo que en cierta forma debería alegrarnos –Fruncí mi ceño.

-¿Alegrarnos? ¿Por qué?

-Porque ya no volverá. No sé, pero eso es lo que creo –Volvió a tragar saliva –Lo que hiso fue sólo un susto, algo que quería hacer por “venganza” y ya lo hiso ¿no crees? –Su explicación me dejó sin habla, no sabía si era lo más estúpido que había escuchado o lo más inteligente. No sabía que decirle.

-El informe policial ¿qué dice? –Ella negó con la cabeza.

-Tenías razón, en estos casos la policía no sirve para nada –Suspiró –Dijeron que fue un asalto y que pasa casi todos los días. Investigarán, pero no creo que vayan a tener resultados –Bufé. Era de esperarse, mierda.

-Es una jodida mierda –Casi grite. Me tomé el cabello con frustración. Christine se acercó a mí y comenzó a acariciarme mortalmente mi rostro. Siempre me calmaba, en los peores momentos, maldición.

-Tranquilo amor –Me hiso suspirar al llamarme así, joder cómo amaba a esa chica. La miré agotado, como si aquel hijo de puta fuera una carga para nuestra vida. Y era cierto –Él ya no volverá, y mientras no lo haga debemos estar relajados –La miré. Tal vez tenía razón, como también podía llegar a equivocarse.

-Puede que tengas razón –Apreté mi mandíbula. Mi castaña me besó la mejilla haciéndome sonrojar, más o menos, como si fuera un bobo. Mierda. Ella rio

-Además, sé algo que puedes hacer para estar tranquilo –Giré mi vista hacia sus ojos interrogante.

-¿Qué cosa? –Se mordió el labio sonriente.

-Irnos de aquí

-Iremos a mi casa ¿verdad? –Pregunté tomándola de la cintura y acercarla de nuevo, mucho más a mí. No toleraba tenerla lejos, eso era lo que pasaba. Sus ojos se agrandaron de la impresión.

-¿Es un chiste? –Habló sin tomar en serio mi proposición. Fruncí mi ceño sin comprenderlo –De verdad estás demente si piensas eso. Porque sinceramente ni yo, ni Eric, ni Sidney vamos a dejar que vuelvas ahí por un buen tiempo –Dijo seria nombrando incluso a la mamá del moreno.

-¿Qué? Pero ¿por qué? –Pregunté a punto de desmayarme, joder. Era mi casa.

-Es muy peligroso –Respondió obvia –Al menos debes estar alejado un buen tiempo de tu casa, por el bien tuyo y de Melanie. Para estar seguros –Maldición, por más que reproche aquello. Sabía que tenía razón, debía pensar en la seguridad de mi hermana ante todo. Exhalé resignándome.

-¿Y dónde me quedaré mientras tanto?

-En casa de Eric. Le dirás a Melanie que su casa tuvo una fuga de gas o no lo sé, por lo que no es bueno volver aún –Asentí entendiendo. Todo era por su bien –Además no creo que extrañe estar ahí, por lo que he visto se ha entretenido bastante con la familia de Eric –Volví a asentir, era de esperarse. Siempre fue así.

-Lo sé. Esa es como nuestra segunda familia –Tomé en cuenta su aviso. Por lo menos será por un par de día o quizás más. No importaba, estaba bien convivir con otras personas las cuales siempre te han ayudado en lo que han podido. Sin embargo, siempre odié hacerme ver como una molestia para cualquiera.

-Y Bien… –Suspiró mi castaña dándome un pequeño beso en los labios. Corto y mágico. La miré sin entender.

-¿“Y bien” qué? –Pronuncié interrogativo.



-¿Vamos?



(…)



Darme una ducha después de tanto, era como un milagro en carne propia. Estar en ese maldito hospital era como estar en la cárcel, con la única diferencia que en aquel lugar yo era prácticamente un inútil.

No dejaba de ser incómodo en cierto punto ya que esa ducha no era la mía. Era ajena, por supuesto era más grande que la mía y tal vez por eso lo sentía así. Eric no era extremadamente rico, como tampoco era igual que yo. Su papá era vendedor de diamantes, lo que lo convertía en una persona relativamente de la clase alta por así decirlo. La casa de aquella familia era muy grande, creo que el triple de grandeza que la mía. Pero a pesar de todo, no dejaba de sentirme una basura viviente al lado de todo esto. No voy a negar que Sidney siempre se encargó de darme ayuda cuando apenas era un crío con un bebé en mis manos, creo que gracias a ella no me llevaron a mí ni a Melanie a un orfanato en su debido momento. Ya que tanto mi hermana como yo no podríamos vivir así. Jamás me hubiera sentido feliz así y porque sabía que Mamá no dejaría que fuéramos a para allí. Principalmente porque Sidney y mi madre se conocían desde pequeñas, por lo que sabía lo que hubiera querido nuestra mamá para sus hijos. Eso me hiso aceptar cosas de ayuda para nosotros porque era un niño. Pero cuando entendí que podía valerme por mí mismo dejé de recibir su ayuda. Saldría adelante con mi hermana, costara lo que costara.

Estaba demás decir que tenían más comodidades que yo, y tal vez era por eso que Eric se quería ir de ese hogar para compartir con su hermano mayor. Después de todo él quería comenzar a estar solo, quería ser independiente. Lejos de toda comodidad expuesta que le daba su familia. Para mí esto era demasiado, no dudaba que dentro de poco me llevaría mi hermana de aquí. No me gustaba esta clase de vida, digo, si yo fuera así no dudaría en sentirme una mierda por no servir de nada y vivir del trabajo de mi padre. No me sentiría yo. Tal vez entendía a Eric después de todo.

-¿Caleb? –Sentí la voz de mi novia detrás del vidrio empañado, que lograba tapar mi acción de higiene del cuerpo. El sonido del agua cayendo hacía que su voz se escuchara un poco lejana, pero alcanzaba a escucharla de todas formas.

-¿Sí? –Estaba con los ojos cerrados, evitando el jabón entrara y quedara ciego, más o menos.

-Ahm, te traje ropa para que escojas. Matt fue a recogerlas cuando estabas en el hospital –Asentí, pero luego recordé que no podía verme así que le respondí, era un idiota.

-Gracias amor –Dije mientras hacía que el agua sacara ese maldito jabón de mi vista –Deja todo en la repisa –Pronuncié apenas evitando tragar el agua. Joder, sentía que si abría la boca me ahogaría, sin exagerar. No sentí más habla de Christine por lo que supuse que se había ido. Faltaba sólo unos minutos más y terminaría. El agua estaba exquisita, tenía que admitirlo. Luego de esto inmediatamente iríamos con Christine a buscar a Melanie a su escuela, hoy supuestamente en el instituto había un campamento y a mi chica de por sí le habían dado el día libre por aquello. Así que prácticamente estaríamos todo el día juntos sin complicaciones. Por fin vería a mi hermana, sólo esperaba que sea bueno en cualquier aspecto de la palabra.

-Caleb –Escuché nuevamente. Sólo que esta vez en un susurro desde mis espaldas. Pero sin creer y para mi sorpresa esa voz estaba más que cerca, me di para después abrir mis ojos los cuales estaban cerrados para evitar el acceso a el jabón en esa parte. Y demonios, casi me caí de espaldas con una de las mejores vistas que he tenido en mi vida. Christine estaba posada frente de mí en la ducha tan hermosa como siempre, pero con algo muy característico. Estaba completamente desnuda.

La miré de arriba hacia abajo, luego de ida y vuelta. Joder, casi al instante me puse bastante “feliz” de verla. Si es que me entienden, claro. No era primera vez que la veía así por supuesto, pero eso no quitaba el hecho de que me dejara casi helado al verla. Era tan exquisitamente hermosa que me dejaba sin habla. Todo en ella era perfecto, siempre traté de buscarle alguna imperfección, pero no podía. Su cuerpo era despampanante. Sus piernas largas y torneadas, su feminidad estaba depilada por completa lo cual hacía que me provocara aún más, mierda. Su abdomen era plano lo que en conjunto, formaba una pequeña cintura que amaba abrazar siempre. Los senos de mi novia no eran extremadamente grandes como tampoco eran pequeños, eran perfectos. Y todo aquello, me pertenecía.

-¿Qué haces? –Tartamudeé. Qué estúpida pregunta. Pero no me culpen, estaba tan bobo en ese instante inspeccionando el cuerpo de Christine que ni siquiera pensaba en el agua de la ducha que aún caía sobre mí. Todo me importaba literalmente una mierda, excepto la chica que tenía parada frente a mí. La que por cierto, comenzaba a mojarse con el agua que salpicaba en mi cuerpo con el suyo.

-¿No has visto las noticias? –Preguntó fingiendo inocencia y acercándose a mí, para terminar por mojarse por completo con el agua, claro. Haciendo de su vista al cuerpo mucho más excitante todavía, brilloso y con el agua pasando por sus partes más delicadas. Mierda. Estaba demás decir que tenía una erección de oro en ese instante. Fruncí mi ceño, negando con la cabeza sin dejar de mirarla. No tenía cordura ni para hablar –Hay que ahorrar agua, para cuidar el medio ambiente –Terminó por decir en un susurro tan sensual que jadeé al escucharlo.

-¿En serio? –Hablé un tanto agitado al pensar en nosotros desnudos, en una ducha, solos. Ella asintió mordiéndose el labio inferior traviesamente. Santa mierda.

Sólo eso bastó para que la castaña se abalanzara sobre mí y me besara con una pasión incontrolable. Yo no tardé en responderle con el mismo ardor y vigor que siempre, la tomé con fuerza para acercarla a mí y supiera que estaba más que contento por esto. Sus manos me tomaron por mi cuello en el momento exacto en el que hiso que la besara. Joder, me gustaba esto y mucho. Nuestras lenguas no tardaron en encontrarse ni un segundo y se mezclaban en cada aliento. La giré y la coloqué contra la fría pared de mármol de aquella ducha. Presioné mi entrepierna con la suya haciendo que gimiera fuertemente en mi boca. Era de esperarse, porque yo jadeé con la misma intensidad.

Sin dejar de besarnos, la tomé con lujuria y pasión de su trasero obligándola a que con sus piernas me rodeara la cintura. Haciendo que los roces íntimos se intensificaran por supuesto. Mi miembro estaba hinchado y más que listo para la acción. Desde luego yo también, se notaba que estábamos desesperados pero había que tener paciencia. Aunque se nos hiciera lo más difícil del mundo. Gimió cuando hice un leve movimiento de cadera sobre sí y maldición, eso me puso a mil. Estábamos mojados y ni siquiera tomábamos en cuenta el agua que caía sobre nosotros. Nada nos importaba.

Mis besos apasionados fueron bajando hasta su cuello, sentía su respiración agitada sobre mi oreja y también sus manos acariciando mi espalda, como igualmente parte de mi cabello. Totalmente mojado, como el suyo. Me aproximé mucho más abajo hasta llegar a sus senos. Sus brazos se abrieron hasta tenerlos a cada lado de su cabeza, diciéndome con ese gesto que era completamente mía e hiciera lo que quisiera con ella. De eso estaba seguro.

Sonreí con travesía y lujuria sobre mí. Pasé mi lengua sobre su pezón una sola vez sacándole un gemido desde el fondo de su garganta. Para después hacer lo mismo, pero reiteradas veces. Sumando también la mano que tenía desocupada en su otro seno. Ella sólo se encargaba de mantener sus piernas sujetándose en mi cintura para no caerse. Chupé, mordí y succioné aquella piel sensible de mi chica por varios minutos. Sus jadeos y chillidos me hacían entender que estaba haciendo un buen trabajo. Me incentivaba para seguir y cambiar al otro para hacer lo mismo. Sus manos tiraban con fuerza de mi cabello por el placer que sentía al estimular sus pechos. Gemía altamente y yo no podía estar más desesperado por poseerla, joder, todo esto era el paraíso.

-Caleb –Dijo mi nombre en una exhalación excitante. Todo esto me tenía caliente, no podía mentir con respecto a eso. Y ni siquiera el agua que caía sobre nuestros cuerpos ayudaba a apaciguarnos. Podía sentir su agitada respiración lo que me hiso saber que estaba casi o igual que yo. Subí mi mirada dejando de estimularla para verla a los ojos, los abrió ya que los tenía cerrados disfrutando la sensación y decidí hacer algo que nunca en mi vida había hecho. Tal cual como todo. Christine había sido mi primera mujer en cualquier aspecto y quería que fuera la última.

Ella no entendió mi mirada obsoleta a lo que quise decir y decidí no decírselo en palabras. Sin despegar mi vista de la suya comencé a besar su cuello hasta llegar nuevamente a sus senos, su respiración era pesada con todas mis caricias. Y es que ninguna parte de su cuerpo había estado aludida por mis caricias. Pasé mis manos por su cintura a medida que bajaba besando húmedamente su abdomen. Mientras tanto sus piernas fueron tomando lugar en el suelo, soltándose por completo de mi cuerpo. El sabor del agua dulce con el exquisito perfume de su piel hacía la combinación perfecta. Besé hasta más debajo de su ombligo para llegar a donde yo quería.

Mi mirada no estaba segura del todo, pero tenía curiosidad por esto. Eso y que estaba excitado. Sin embargo más que nada me satisfacía el hecho de ver a Christine gimiendo por el placer que le otorgaba, le ganaba a todo. Su vista titubeó por unos segundos, sin despegarnos en ese contacto. Ya que frente a mí tenía mi premio mayor.

Con suavidad y lentitud separé sus piernas para verla mejor. Estaba seguro que con esto me daría un buffet de los mejores. Sonreí satisfecho al ver su rostro hacia arriba y de por sí sabía que estaba con los ojos cerrados. Estaba ansiosa, mi chica estaba más que ansiosa. Separé sus piernas haciendo que las enrollara con mi cuello. Todo esto de pie. Nunca imaginé estar así con Christine, pero como dicen hay una primera vez para todo ¿no?

Soplé primeramente en su feminidad causando un largo gemido de satisfacción salir de ella. No tenía experiencias con esto, pero haría lo mejor que podía llegar a hacer. Acerqué mi boca con liviandad, sin prisa. Pero el ver a Christine desesperada, me desesperaba a mí joder. No pude aguantarme por lo que pasé mi lengua con rapidez, causando un chillido en mi chica. No tenía sabor, sin embargo me daban ganas de seguir dándole placer. Volví a hacer lo mismo, sólo que ahora no fue una caricia con mi lengua con rapidez, fue algo más apasionado. Formé las vocales con mi lengua sobre su clítoris, no podía negar que estaba agitado por aquello. Eso y sus inconfundibles chillidos que dejaban en otro planeta a cualquiera. Adentré mi lengua en su abertura con rapidez y a veces parando para agudizar su orgasmo. Sentía sus músculos vaginales en mi boca que me decían que dentro de poco llegaría a su ansiada cima. Sus gritos se hacían cada vez más frecuentes y con fuerza tomaba mi cabello entre los dedos. Su néctar era exquisito y se estaba impregnando en mis labios con audacia. Mi lengua no paraba y en realidad no pensaba parar. Sin poder evitarlo una de mis manos, las cuales estaban puestas en su cintura, fue a ubicarse en la apertura de su feminidad.

Un dedo se adentró tan pronto como sus gritos resonaban en toda la habitación, incluso me atrevería a decir en la casa de por sí. Ahora más que nunca agradecía que estuviéramos solos. Sus chillidos y sus gemidos que decían mi nombre me incentivaban a satisfacerla aún más. Me encantaba, en cualquier aspecto. Un segundo dedo entró sin dejar de estimular su clítoris con la lengua, joder, lo sentía. Sentía que mi chica estaba a punto de llegar a su orgasmo.

-Por favor –Gritó extasiada, tomando mi cabello con fuerza y tirando de él. No supe en sí qué era lo que rogaba, me estaba desesperando, quería poseerla ya. Mi erección estaba a punto de explotar. Después de minutos de sentir sus chillidos, tomé la decisión más dura que pude haber tomado en ese momento. Me detuve. –¿Por qué te detienes? –Preguntó de inmediato asustada y ansiosa. Con los ojos mirándome con determinación y lujuria. Después de dejar sus pies en el suelo de mármol vi cómo Christine me daba su vida de espanto, ni yo mismo podía creer aquello. Pero había una muy buena razón.

Me levanté. Volví a tomar su trasero entre mis manos para presionarla contra mi miembro y sintiera lo que quería que tuviera en su interior. Gimió cuando lo hice. La obligué nuevamente a colocar sus piernas en mi cintura con ardor. Oprimí su cuerpo contra la pared y coloqué mi erección en su entrada. Provocando un quejido salir de su garganta y mucha más agitación de mi parte.

-¿Lo quieres? –Susurré con seriedad entre sus labios, sin quitar mi vista de la suya. Tomé mi virilidad con una mano y jugué con ella sobre su entrada. Tentándola. Me gustaba tentarla, no podía mentir con eso. Christine asintió con sus pupilas dilatadas, estaba a punto de sucumbir por completo, y yo estaba cada segundo más propenso a desmayarme por la desesperación que sentía. Sin previo aviso, me clavé con fuerza en ella como había querido hacerlo desde que la vi desnuda frente a mí. Terminando por sacarle un grito profundo y sacarme un gemido gutural salir de mí.

Penetré con fuerza su interior, evitando erróneamente el hecho de no poder mantener los ojos abiertos para ver su reacción. Fue tanto el placer, joder. Gemí guturalmente para después dirigir mi frente hacia su hombro. Calmando todas las sensaciones placenteras que iban desde mis testículos hasta cada par de mi cuerpo. Lo único que sentí de ella fueron sus uñas rasguñándome la espalda, y los gemidos salir de su boca para escucharlos en directo a mi oreja. Mierda, estaba a punto de explotar.

Comencé a embestirla con lentitud, Christine estaba completamente lubricada y me apretaba cada vez más en cada penetración lenta y paciente que le daba. Joder. Apreté mi mandíbula intentando calmarme, pero sus gemidos profundos no cesaban y aquello me volvía más que loco. Volví a embestirla por segunda vez sacando un jadeo profundo de mí. Ya no podía aguantar más, así que sin poder evitarlo, empecé a hacerle el amor con más rapidez. Sus chillidos se prolongaban en cada penetración por lo que subí mi mirada para ser testigo de aquello. Sus ojos estaban cerrados y su boca formaba una leve “o” en donde de por sí sacaba sus gemidos a medida que seguía con mi trabajo. Yo jadeaba sin poder controlarlo y con aspereza tomé su cintura para adentrarme con más dureza. Seguí con rapidez sin detenerme y Christine de por sí me rasguñaba las espalda hasta más no poder en conjunto con sus gritos.

Las piernas de mi chica me apretaban con fuerza haciendo que llegara al fondo de su feminidad. Estaba loco, quería marcarla con todo mi ser y aquello me estaba llevando al límite.

-Más –Gritó sobre mi oreja cuando me escondí en la cavidad de su cuello. Presionando aún más mi entrepierna en su abertura, causándoles gritos avasalladores. Jadeé guturalmente aumentando la velocidad de mi penetración, joder, estaba sintiendo mis convulsiones cuando pude percibir las paredes vaginales de mi chica apretándome. Jadeé aún más fuerte con eso. Esto era la gloria. Lo estaba disfrutando tanto como también sabía internamente que Christine estaba a punto de correrse, hasta en el segundo más inesperado soltó un chillido que me dejó en las nubes –Caleb –Pronunció por último fuertemente alcanzando la cima y estremeciendo mi cuerpo, pero no paraba. No iba a parar ahora con mis embestidas rápidas, quería que lo disfrutáramos ambos.

Christine había llegado al éxtasis completo y con ello sentí en su interior su líquido y compresión alrededor de mi miembro. Aunque no me detenía, seguí con una velocidad impresionante causando más quejidos en la castaña. Mis convulsiones volvieron después de minutos largos en los cuales Christine nuevamente había tenido su segundo orgasmo gritando de nuevo, gemí guturalmente. Mierda, ahora era mi turno.

Sentía la hinchazón de mis testículos a medida que seguía con una gran rapidez en mis embestidas, dentro y fuera de la feminidad de Christine. La penetré con dureza por última vez para después sentir las corrientes placenteras que pasaron por todo mi cuerpo. En pocas palabras, había alcanzo la cima. Impregné mi semen en su interior terminando con un grito de animal enjaulado, no me importó. Había llegado a la satisfacción máxima con mi chica y nada más me importaba que hacer el amor con ella. En una ducha.

Tuve que esperar un par de segundos para calmarme y regular mi respiración. La suya de igual forma estaba agitada. Joder, siempre quedaba así con esto y es que ella me volvía loco.

-Te amo –Susurró ella para cuando salí de la cavidad de su cuello para verla a los ojos. El agua de la ducha no permitía que nos viéramos sudados, pero con nuestras respiraciones se sabía por completo. Habíamos quedado exhaustos.

-Te amo más –Dije por último para verla poner sus pies en el suelo, desenredándolos de mi cadera. Le sonreí encantado, abrazándola por la cintura y sintiendo el agua cayendo. Nunca me había sentido tan en paz como en ese instante. La besé tiernamente.

Realmente había sido una ducha interesante.



Christine

Por fin podría decir que ahora soy la conductora de Caleb. Ahora que lo pensaba mejor, nunca había llevado a mi novio en mi auto hacia alguna parte. Siempre era él con su camioneta y yo de copiloto. Ahora los papeles se habían invertido. Giré mi vista para admirarlo en aquel asiento y me sonrojé al instante.

Me había estado observando todo el trayecto, desde que salimos de casa de Eric hasta ahora, en lo cual casi llegábamos a la primaria de Melanie. No me quitaba su vista azulada de encima y me estaba poniendo nerviosa a la hora de mirar el frente de la calle. Por suerte no había chocado con ningún auto. Aunque internamente sabía el por qué lo hacía, pero no quería averiguarlo. Mi sonrojo era extremo y para evitar decir alguna estupidez tuve que morderme el labio inferior.

-¿Puedes parar? –Pregunté sin dejar de mirar hacia el frente. Escuché a Caleb dar una risa leve, lo observé con mis ojos entrecerrados.

-¿Parar qué? –Bufé.

-De hacer eso. De mirarme mientras conduzco –Respondí un tanto nerviosa. Levantó sus hombros un tanto divertido, no cabía duda que le entretenía verme nerviosa.

-Lo lamento, no fue mi intención ponerte nerviosa –Pronunció con ironía, estaba a punto de soltar una carcajada. Lo intuía. Rodeé los ojos –Además te miro porque estoy pensando.

-¿En serio? –Pregunté con sarcasmo, desviando un instante mi mirada hacia él.

-Sí –Asintió sonriente –Pienso en dos cosas ahora que te observo –Lo miré sin creer, no me gustaba para nada el sentido que le dio a esa frase. O tal vez sí me gustaba y no quería admitirlo.

-Se puede saber en qué piensas Small

-Primero pienso en que te ves muy linda conduciendo –No pude evitar sonrojarme con aquello. Mierda, aquel chico me tenía a sus pies y de por sí ya me asustaba la situación. Asentí procurando de que no mirara tanto mi cara, pero era inútil, su mirada me inspeccionaba muy cautivamente.

-¿Y cuál es la segunda cosa?

-Y bueno, lo segundo que pienso es que deberíamos ahorrar agua más seguido –Dijo con una sonrisa traviesa. Eso terminó por colocarme como un verdadero tomate con patas. ¿Acaso no entendía que me tenía como una niña de 15 años, totalmente enamorada? Me hacía mal acordarme del momento extraordinario que vivimos en la ducha, mucho más viniendo de la persona que amaba. Dios, tan sólo acordarme me daba escalofríos inigualables. La forma tan pasional y salvaje que… cielos. Suspiré rogando que se me quitara aquel ardor en mis mejillas.

-Caleb ¿de verdad crees que es el momento para hablar de eso? Va a venir Melanie y –Titubeé como una colegiala nerviosa. Él rio con ironía. Acababa de estacionar mi vehículo en la entrada de la primaria de Melanie y ella podía aparecer en cualquier momento. Algo de razón tenía ¿no?

-Está bien, pero luego no te salvarás –Habló determinado y acercándose hacia mi puesto de piloto, sólo lo hiso para darme un beso en realidad. Fue corto y pequeño pero me encantó. Rió rozando mi nariz con la suya para después darme otro beso, el cual por cierto fue muy tierno. Volvió a acomodarse en su asiento para esperar a su hermana pequeña, junto conmigo. Teníamos planeada una sorpresa para ella, el regreso de Caleb. No lo había visto por varios días pensando que estaba de viaje y estaba segura que le alegraría de verlo de nuevo, después de todo no dejaba de ser su hermano.

Habían salido casi todos los niños por la gran puerta de salida de la primaria, algunos con amigos, otros con sus padres pero raramente para mi conmoción. No salía Melanie.

-¿Dónde estará? –Preguntó rápidamente Caleb con seriedad al notar lo mismo que yo, con la diferencia es que no quise comentar nada para no alarmarlo. Joder, si algo no iba bien con su hermana Caleb saltaba como una liebre, a veces incluso sin fundamentos. Tal vez se había quedado haciendo alguna tarea, es algo típico de los profesores hacerlo con los pequeños. Levanté mis hombros, siguiendo observando atentamente desde el auto por si aparecía Melanie.

-Puede que se haya quedado con sus amigas adentro o haciendo tareas –Dije para apaciguar sus sentidos, ya que de por sí a Caleb se le había fruncido el ceño. Y aquello definitivamente no era bueno. Después de minutos de observaciones hacia la salida, me había dado cuenta que habían salido prácticamente todos los niños, sin ninguna excepción mierda. Incluso hasta algunos maestros y Melanie no aparecía, en sí lo encontraba extraño. Pero no había razón por la cual alarmarse, aún no descartaba la posibilidad de que pudo quedarse en la biblioteca o algo. No lo sabía.

En el momento más inesperado sentí la respiración nerviosa de Caleb ambientar mi auto, sin predecirlo, él se bajó de inmediato sin decirme nada como tan siquiera mirarme. Sólo abrió la puerta para salir. Estaba determinado a entrar a la primaria cueste lo que cueste, lo supuse. Salió dando un portazo con rapidez y llegando casi corriendo a la puerta de salida. Que era también la de entrada. Lo seguí desde atrás, estaba un poco nerviosa tenía que admitirlo.

-Disculpe –Dijo nerviosamente mi novio a uno de los porteros de la escuela, que son los que comúnmente se quedan hasta tarde junto con otros maestros. Ambos habíamos entrado y yo para inspeccionar mejor el lugar, le di una vista a todo aquello y no había prácticamente nadie. Con suerte algunos conserjes, pero nada de niños en los pasillos. Era realmente raro y sin querer me asusté –¿Se han ido todos los niños? –Preguntó el castaño. El portero quien se notaba de edad lo miró extrañado.

-Amh, por supuesto que sí joven. Los niños siempre se van a su hora adecuada, no hay excepción con eso –Sentí la agitación de Caleb a sus espaldas, estaba nervioso y a la vez furioso. Lo conocía.

-¿Está seguro? ¿Y qué hay de los niños de cuarto grado? –Pregunté yo. La verdad es que sabía que Caleb necesitaba calmarse para hablar, y de por sí no sería amable si lo hacía. El hombre dirigió su mirada a mí.

-Ellos se fueron como todos. Nadie queda, sino, los conserjes habrían dicho algo para cuando van a limpiar los salones –Se acomodó sus lentes sin sacar la vista de mi nervioso novio. Suspiré, me estaba asustando, pero tenía que controlarme.

-¿Y usted no sabe nada? –Volví a preguntar tragando saliva, si algo le llegara a pasar a Melanie. Dios… ni siquiera me podía imaginar en ese papel –Quiero decir, de una niña precisamente. Melanie Small –Sus cejas grises por la edad se abrieron con comprensión. Al parecer sabía algo

-Ah claro. Él es su hermano ¿Verdad? –Señaló con la mirada a Caleb, quién se mantenía absuelto de las preguntas por nerviosismo, sólo asintió rápidamente.

-¿Sabe algo? ¿hoy vino a clases? –Pronunció Caleb de inmediato. Su agitación se veía desde kilómetros, sólo esperaba que se tranquilizara lo más pronto posible. Porque si no era sí, ardería Troya. El hombre asintió viéndolo con extrañeza, pero supuse que a Caleb no le importaba. Lo único que quería el chico era saber de su hermana.

-Sí claro que vino. Pero se fue antes por

-¿Cómo que se fue antes? –Gritó con furia Caleb sin poder predecirlo, dirigí mi vista hacia su rostro y sus ojos estaban desorbitados. Era capaz de hacer cualquier cosa, lo supe al instante.

-Amor tranquilízate –Dijo tratando de calmarme yo misma, haciéndolo para atrás de mi cuerpo. Por lo que vi era capaz de matar a ese pobre hombre y a quien se le cruzara por el camino, tenía que hacerlo a un lado. De por sí el sujeto se había asustado, pero se vio calmado cuando lo alejé de él –Disculpe pero ¿Cómo es posible que se haya ido antes? Es una niña de 9 años

-Lo sé –Asintió el anciano –Pero no se fue sola por supuesto, se fue con el nuevo inspector que hay en el establecimiento –Creo que sentí los huesos de las manos de Caleb moverse, creo que estaba listo para darle una paliza a cualquiera.

-¿Nuevo inspector? ¿Por qué?

-La pequeña se sintió muy mal del estómago y como no teníamos contacto con usted, el inspector se encargó de llevar a la niña a su casa. La casa de usted, claro.

-¿De qué está hablando? ¿y quién es ese nuevo inspector? –Pregunté con amabilidad, apaciguando a Caleb con una mano en su brazo. El hombre se arregló nuevamente sus lentes.

-No recuerdo muy bien su nombre señorita. Él llegó hace una semana aquí y muy pocos lo conocen –Asentí tragando saliva.

-Pero ¿no recuerda su nombre o alguna característica de él para reconocerlo? –Negó un instante con la cabeza.

-No lo sé. Es un hombre que casi no supera los 30 años, rubio y amm –Se acomodó la garganta para seguir, pensando. Como si tratara de acordarse de algo, mis nervios estaban a flor de piel con esto y ni hablar de mi novio. Después de tener su vista baja, la subió luego de varios segundos. Con la respuesta clara –Harrison, así le decían las maestras. Harrison –Mi mente quedó en blanco por largos segundos en los que tuve que procesar lo que me dijo. Me tapé mi boca con espanto, mi presión se bajó y mis nervios hicieron que derramara lágrimas de improvisto.

Sentí el grito avasallador de Caleb en mis espaldas. Lo intuí, si yo estaba mal, no me podía imaginar la rabia que poseía dentro de sí. Ni siquiera tuve el valor de ser educada con el hombre para ir detrás de Caleb, quien salió hecho una furia del lugar. Era de esperarse, estaba rojo de furia, rabia y coraje. Quería matarlo de eso no había duda. Salió a la entrada del establecimiento, tapándose el rostro con más que enojo y revolviendo su pelo con nerviosismo. Yo aún estaba espanta y ni siquiera sabía qué hacer. Nick se había metido con algo más que personal de Caleb, con su familia y yo no podía creerlo.

-Amor –Dije titubeante a sus espaldas. Estábamos en la calle, en frente de una plena escuela para niños y yo era testigo de la furia animal que estaba viendo salir de mi novio –No sacarás nada con enojarte, tenemos que llamar a la policía o algo por el estilo –Hablé a punto de derramar más lágrimas. Sin predecirlo, el castaño se giró sobre sus talones para verme a los ojos y pude distinguir que quien tenía frente a mí no era Caleb. Su enfado no lograba nada más que alterarlo, tragué saliva. Sus ojos estaban desorbitados y habían perdido su color, su rostro estaba rojo por completo.



-Lo juro Christine –Dijo con toda la rabia del mundo, acercándose a mí. Nunca lo había visto así o tan siquiera imaginado –Lo juro por mis padres que mataré a ese hijo de puta.

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