martes, 16 de septiembre de 2014

Capítulo 7 -Sensitive-

Christine

-¿Cuál es tu puto problema? –traté. Lo juro por Dios que traté de estar calmada en todo momento, pero ver a Nick sentado tan tranquilamente luego de lo que hizo hoy por la mañana, comiendo un sándwich de no sé qué, me puso los pelos de punta. ¿Quién se creía que era como para tratar de esa forma tan despreciable a Caleb? En el momento justo en el que lo hizo no supe ni qué demonios hacer o decirle. No lo veía venir, mi cara después casi cayó al suelo y para variar Caleb se molestó. No supe bien si fue conmigo o con Nick o con todo el mundo. La tercera era más convincente ante los ojos de cualquiera.

-¿Disculpa? –Nick se hizo el desentendido ante mi pregunta por lo que siguió comiendo su almuerzo. Joder, me estaba tratando como si fuera una tonta. No quería hacer un show a mitad del instituto y con todos los alumnos almorzando. Pero este tema me estaba sacando de quicio, tal vez por eso no pude parar de pensar en eso en todo el día hasta ahora. Sobre todo al recordar la mirada de odio y enojo que tenía Caleb la última vez que lo vi. Como tampoco podía olvidar el hecho de que cualquiera que se dignara a tratar de menospreciarlo sacaba lo peor de mí, era extraño y totalmente loco pensar eso de una persona a quien le importa un pepino el bienestar del hombre con quien está. Lo raro es que me preocupaba de mi alumno, de Caleb, del chico de quién no debería fijarme pero aun así me veo atada a él. Lo cual se me hace una hermosa y dulce condena.

Mierda, tenía que parar de pensar así antes de que lleve esto más lejos. El hecho de que Caleb se acercara a tan solo centímetros de mí por la mañana, aunque haya sido por enojo, sentí tantas cosas que hasta ahora no podía entender bien. Tal vez me quise excusar yo misma al querer discutir con Nick para poder olvidar ese revoltijo de sentimientos que no tenía hace bastante tiempo. Pero si era sincera, no me molestaría en lo absoluto volver a sentirlo. 

-No me trates como a una tonta –susurré con enojo, sentándome a su lado. No con buenas intenciones. Si no que era consciente de que no quería iniciar un altercado en medio del comedor. No le convenía tanto a mí como a Nick. –¿Cómo pudiste tratar así a un alumno por la mañana?

Él levantó los hombros como si no fuera un tema para él.

-¿De qué trato me estás hablando? –resopló con el ceño fruncido –No le dije nada de lo que no fuera verdad

-¿Acaso sabes la razón por la que repitió? Y aunque fuera así, no te da derecho a reírte así de alguien –él terminó por dejar su almuerzo de lado para mirarme mejor, haciéndome saber que aún seguía con el ceño fruncido.

-¿Por qué lo defiendes? –me incomodé por lo que me moví inquieta en la silla. Ni supe el porqué de mi comportamiento delator.

-No es cosa de defender Nick. Lo que hiciste fue muy cruel y maleducado de tu parte

-Aún sigo sin entender en donde fue que me equivoqué con ese engendro ¿dije alguna mentira Chris? –bufé

-Ni siquiera lo conoces como para hablar así de él.

-¿Y tú si? –preguntó enojado. Al parecer también estaba sacando lo peor de él. Negué acongojada, la actuación a veces me venía bien.

-No, pero al menos yo tendría la decencia de tratarlo bien si he visto que no ha hecho nada malo –respondí seria. Él me miró con los ojos entrecerrados. ¿Dónde había quedado el Nick tierno que con suerte me tomaba la mano cuando sólo éramos unos críos? Porque realmente no lo veía en ese instante. Recordé las palabras de Alyssa antes de venir al trabajo. Al tipo no lo veía hace prácticamente hace 10 años ¿cómo fui tan estúpida al pensar que seguía siendo el mismo? El hombre parado frente a mí no se parecía a mi primer novio, inocente y tierno de quien me encariñé.

El rubio de nariz respingada suspiró sacando su gesto de enfado y suavizando la mirada ante mí.

-¿Por qué estamos discutiendo de esto Christine? –exhaló acercándose –ayer, tú estabas en mi cama. Hicimos el amor y ahora ¿discutimos por una estupidez como esta? ¿dónde quedó nuestro trato de romanticismo?

-No es ninguna estupidez, lo que hiciste no –me interrumpió antes de que siguiera. Joder.

-Para mí si lo es. ¿Acaso voy a tirar a la basura la cita que tenía planeada hoy para ambos por un niñato como ese? –casi me caí de la silla al oír eso. Demonios.

-¿Qué? –él asintió con una sonrisa

-Mi forma de conquista empieza desde hoy en la noche. Iremos a cenar y luego te llevaré a mi departamento ya que –me dio un beso en la nariz. Suerte que nadie vio eso –te tengo una sorpresa. –susurró tierno. Bien, ahora Chris piensa en cómo ser suave al decirle esto. De seguro me querrá, pero me querrá enterrar viva.

-Pues yo –titubé. Me empecé a marear de la nada. El sólo hecho de negarle una cita a Nick me ponía nerviosa. Supuse en mi interior que sabía lo que venía, conociendo o no al hombre que tenía en frente mío –Tengo cosas que hacer, me temo que no puedo –susurré levemente. El rostro se le desfiguró en pocas palabras. La leve sonrisa que le duró tan sólo unos segundos se había esfumado a la velocidad de la luz.

-¿Cómo?

-Lo siento ¿sí? Pero tengo planes…

-¿Qué tipo de planes? –preguntó terco y con rapidez. Santa mierda.

-Cosas con, digo, esto, mi mejor amiga –volví a titubear. ¿Qué diablos me pasaba? Era exactamente una de las razones por la que no deseaba tener ningún hombre en mi vida. Explicaciones, explicaciones y más explicaciones. Tenía que decirle hasta qué tipo de perfume debía usar para que se sintiera tranquilo y comprometido con la relación. Además tampoco quería exponer a Caleb diciéndole que iría a su casa para estar con su hermana, sería demasiado estúpida como para hacer eso después de darme cuenta de que tanto a Nick como a Caleb no se agradaban ni un poco. Pero no era un desagrado común que hay entre un inspector y un alumno, había un desagrado de esencia.

-¿Tu mejor amiga? ¿crees que soy idiota? –pensé en contestarle pero luego quise arrancarme la lengua al querer responderle un descarado “sí”. Pero como dicen, hay que pensar dos veces las cosas antes de decirlas, supongo.

-Es verdad. Ayer no pude estar con ella por lo que hoy planeamos divertirnos juntas –suspiré. Él me miró pensativo, neutro por un momento. Como si de verdad se tragara esa vil mentira –Vamos Nick ¿para qué te mentiría? Además, mañana podemos ir a donde tú quieras –me acerqué a él con una sonrisa fingida. La idea de estar con él estaba disminuyendo gravemente y la idea de haber aceptado “conocernos” se estaba yendo a la mierda. Soy una estúpida.

-¿Segura? –aún estaba con el ceño fruncido. No tenía tiempo para que me dieran ataques de sinceridad.

-Sí Nick, igual como te aseguro que mañana iremos a dónde tú quieras –nuevamente le sonreí. Él asintió, aún serio. Creo que si trajeran justo en este momento al payaso más gracioso del mundo no lo haría reír ni por casualidad. –Cambia esa cara ¿sí? –tomé la idea de Alyssa con eso de hacer un puchero, así que lo hice, idiotamente. Él lanzó una risa irónica.

Bien.

-¿Me acabas de hacer un puchero? Dios, que niña eres –reí. No supe si tomarlo como un insulto o un alago así que solo asentí.

-Entonces –exhalé –¿Mañana? –pregunté ahora más seria dirigiendo a la invitación para la cita. Él rodó los ojos y terminó por resignarse.

-Mañana.



(…)



La jornada de trabajo había terminado y con eso todos los profesores ancianos deprimidos se fueron. Supuse que si Caleb no me estaba esperando para ir por su hermana me tendría que ir en taxi, no era que lo culpara, yo también me hubiera ido por el numerito que había pasado. E incluso creo que hubiera golpeado a Nick. Da igual, ahora que iba en camino fuera del instituto me iba resignando a que tendría que irme en un espantoso taxi. Y por si preguntan, odiaba irme en taxi.

Todos mis pensamientos se quedaron en el mismo aire, para cuando vi el lado del estacionamiento a un solitario Caleb afirmado en las afueras de su camioneta viendo la pantalla de su celular. Suspiré.

Demonios, ese chico realmente era guapo. No era de ese tipo de belleza que tienen esos musculosos modelos con una sonrisa de comercial para pasta dental y con más testosterona que cerebro. Era algo más misterioso con un aire de dureza y determinación para ser cerrado. Era como una cebolla, tenías que pelarla para encontrar la parte que querías de ella. Supongo que es eso lo que tendría que hacer con Caleb. Su pelo totalmente ondulado y desordenado me hacía ver que no se preocupaba por su apariencia y por lo que veía en su manera de vestir, tampoco. No era un insulto aquello, al contrario, demostraba que la vanidad no era una de sus cualidades lo cual agradecía indudablemente. Sus vaqueros desgastados y sus botas sucias junto con una camisa a cuadro que usaba casi siempre remangada lo convertían en un ser humano sensible a mi ímpetu. Mierda.

-Hola –saludé despistándolo de su teléfono, que, al parecer era muy importante lo que escribía. Levantó la vista y suavizó el ceño fruncido que tenía en lo que aparentemente lo tenía afligido. Casi siempre sabía cuándo le gustaba a un hombre o por lo menos cuando le atraía. Pero extrañamente no podía ver eso con Caleb, no podía ver los sentimientos que poseía más allá que su gesto de seriedad. Tal vez no le gustaba o simplemente pensaba que algo entre nosotros sería totalmente absurdo. Nuevamente no lo culpaba, también pensaba lo mismo en cierto punto.

-Hola –dijo tragando saliva. –Después de ir a buscar a Mel tengo que ir a arreglar algo en la tienda… –habló serio inmediatamente –¿Te importa acompañarnos hasta allá? –negué inmediatamente luego de moverme incómoda. No me incomodaba ir, al contrario, era sólo que ver a Caleb revolviéndose el pelo nervioso me hizo sentir cosas extrañas.

-No, por supuesto que no. –él asintió mirándome. Entonces con extrañeza pasó algo raro que nunca antes había sentido. ¿Han oído sobre las mariposas en el estómago? Bueno, supongo que yo en ese momento tenía a mariposas en un circo. La respiración no me llegaba a los pulmones al observar mejor sus ojos. Preciosos, claros como el mar y con un toque de dureza. Maldición, cómo me gustaban.

-¿Vamos? –preguntó algo sofocado. Puede ser que le pasó lo mismo o tan sólo me tomó como una loca viéndolo en silencio. Terminé por asentir. Cuando subí al lado del copiloto pude observar su camioneta mejor de lo de afuera. Y podía decir que era un tanto… corriente. Adentro había un olor inconfundible a cigarrillo que desde los 15 años precisamente no toleraba. En su interior había una radio con varios botones no puestos aún y algunos salidos, los asientos un tantos rasgados con una gran cantidad de polvo acumulada en adentro de él y el piso del vehículo sin duda necesitaba una limpieza. El barro y el polvo que tenía aquel transporte era lo que más podía describirlo. Decidí acomodarme e ignorar comentarlo en mi interior.

Caleb se acomodó en el asiento piloto y se colocó su cinturón de seguridad para luego arrancar. Iba hacer lo mismo cuando noté que el género en donde debería de estar sujeto el candado para evitar un accidente estaba rasgado. Él se acomodó la garganta –Ese asiento está, emm, un tanto malo, perdón –le sonreí sincera

-No importa. Espero que seas un buen conductor –él rió. Su sonrisa, Dios.

-¿Por qué lo dices?

-Así evitas chocar la camioneta y para variar no matarme –bromé soltando una risa. Él hizo lo mismo. Por alguna razón era sincera estando con él, era una de las pocas personas que podía ser verdadera y ser yo misma. Lo cual era raro siendo que ni siquiera lo conozco. Mis comentarios son lanzados que ni siquiera los pienso. Esa era la diferencia entre los demás y él, podía ser yo misma.

-Tranquila, llevo años conduciendo y ninguna vez he tenido un accidente en este cacharro.

-Es bueno saberlo –dije mirándolo. Él hizo lo mismo provocando un suave choque de miradas que de una u otra forma era lindo y a la vez un tanto extraño. Me perdía en ese azul profundo y sentía que no podía despegarme. Era sensible a ellos, era sensible a Caleb. –¿Te molesta si bajo la ventanilla un poco? –pregunté tratando de interrumpir mis sentimientos un poco. No era bueno admitir eso lo cual prefería evitar. También porque el olor a cigarrillo aún seguía vigente y no podía tolerarlo. Él asintió de inmediato sin sacar la vista de la carretera

-¿Te inquieta el olor a cigarrillo? –preguntó él con curiosidad, ahora sin apartar su mirada de enfrente.

-Un poco –suspiré el aire que entraba al auto –digamos que me trae malos recuerdos –dije despacio. Sentí su mirada posada en mí luego de decir aquello, supuse que quería preguntarme pero el duro y reservado Caleb nuevamente aparecía en la palestra.

5 minutos más de viaje en los que estuvimos en silencio, 5 minutos en los que se hicieron bastante cortos estando al lado del castaño con hermosos ojos. Los silencios que a veces emanaban a nuestro alrededor no eran los que tenía con Nick, aquellos eran vacíos e incómodos. Pero con él, eran como si nos comunicáramos sin abrir nuestras bocas. Nuestras sonrisas y sonrojos se hablaban en vez de nosotros. Era cómodo, lindo y placentero. Lo que hacía bastante tiempo no sentía o más bien nunca sentí.

Tragué saliva cuando llegamos a la primaria en donde estaba Melanie, muchos niños salían en busca de sus padres y algunos se iban en grupos grandes de compañeros. Ninguno superaba la de edad de 13 o 14 años. Veía a niños en los brazos de sus padres y fue entonces cuando me llegó la sensación de querer saber de los padres de Caleb. Aún tenía esa interrogativa desde que vi a Melanie en el trabajo de su hermano. Fruncí el ceño sin querer, pero cuando vi a la copia exacta del chico que tenía a mi lado venir corriendo hacia nosotros con una sonrisa de oreja a oreja el gesto se fue a la mierda y sonreí al verla, esa niña era preciosa.

-Caleb –gritó eufórica abriendo con dificultad la puerta de los asientos traseros, acomodarse para después vernos con una sonrisa, al parecer se había divertido.

-Hola pequeña –le sonrió él cálidamente. Noté algo tan lindo en sus ojos que quise llorar, él la amaba tanto que era capaz de matar o morir por ella. De eso no había duda. –¿Mi beso? –pronunció él poniendo su mejilla para que luego la niña le diera un beso que resonó en toda la camioneta. Juro por Dios que quise llorar ante esa escena tan tierna.

-Hola –me saludó un tanto sonrojada –No puedo esperar a jugar con mis muñecas contigo Chris, tengo muchas que se parecen a ti –dijo sonriente inmediatamente

-Me alegro mucho princesa, porque yo tampoco puedo esperar –le fui sincera. Ella chilló de la emoción, me recordó a Alyssa en cierta forma. Reí estúpidamente en mi mente.

-¿Y? ¿cómo te fue? –preguntó ahora Caleb conduciendo destino a su tienda. Melanie tapó su rostro encantada, como si hubiera recordado algo que la hizo feliz.

-¿Recuerdas a Josh? Pues… –puso una voz de espectador, bastante graciosa –éste sábado en la tarde es su cumpleaños, hará una fiesta y me invitó–dijo para luego saltar de alegría en el asiento trasero. Noté como miró Caleb a su hermanita risueña por el espejo retrovisor, con gesto serio. El gesto fue tan duro que me dio escalofríos.

-¿De verdad? –dije con alegría. Quise aliviar la tensión que se creó en el cuerpo del chico –¿Y qué lindo vestido vas a usar eh? –entonces la sonrisa de la pequeña castaña desapareció lentamente.

-Yo no tengo vestidos tan lindos como los tuyos Chris –respondió casi con una puchero saliendo de sus labios y desanimada. Me sentí, de nuevo, miserable ¿cómo puede existir alguien que sea tan inocente? Dios.

-No te preocupes, cualquiera de estos días te llevaré al centro comercial y estaremos todo un día de chicas ¿te gustaría eso? –hablé mirándola y contemplar como sus ojos azules igual a los de Caleb, se iluminaban por completo

-¿De verdad harías eso?

-Por supuesto que sí, para mí sería un placer princesa –dije con una sonrisa. Caleb interrumpió la emoción de la niña. Cielos.

-Ok, de vuelta a la realidad. Agradezco tu intención Chris de verdad –se acomodó su garganta mirándome con dureza. En ningún momento agudizó su gesto. –Pero lamento decir que no irás a esa fiesta Melanie, ese día tengo trabajo y Darrell no puede cuidarte así que tendrás que venir conmigo

-¿Qué? Pero –la niña estaba a punto de entrar en llanto ¿y yo? Quería que me tragara la tierra literalmente.

-Es mi última palabra pequeña. Lo siento, pero no tengo otra opción –La situación estaba clara para mí, discutir y comentar no eran una opción. Aunque ganas de preguntarles si no había otra posibilidad no me faltaban.

-Sí, hay. Puedo cuidarme sola Caleb

-No, no puedes. Eres una niña y no te dejaré al cuidado de alguien que ni siquiera conozco –lo impresionante era que iba con el ceño fruncido mirando la carretera pero aun así, discutía con su hermana. Demonios y es aquí donde me pregunto ¿Y sus padres?

-No puedes hacerme esto, es mi oportunidad de conocer amigas –la pequeña estaba a punto de llorar, lo sentía.

-Lo lamento pero no puedes y es mi última sentencia –sólo eso bastó para que Melanie llorara en silencio en el asiento trasero. No era capaz de hablar con esa discusión y por ese carácter tan frío como el que acababa de presenciar de Caleb. Ahora más que nunca me daban ganas de saber el trasfondo de su vida. Me sentía atada a eso, joder.



Habíamos llegado a la tienda luego de minutos en los que sentía los sollozos de Mel. Quería ir donde estaba sentada ella y abrazarla. Y lo hice para cuando Caleb salió de la camioneta sin decir una palabra para ir a su tienda.

-Tranquila princesa –susurré cuando la tenía abrazada a mí. Olía a frutillas. –a veces los adultos tienen problemas y no pueden concedernos los deseos que queremos.

-¿Te ha pasado?

-Pero claro que si –dije acariciándole su pequeña cabellera –cuando era pequeña y le pedía a papá que me llevara al parque de diversiones, él me lo negaba siempre. Decía que no tenía dinero suficiente para eso

-¿Y qué hiciste? –su llanto comenzaba a cesar luego de un instante.

-Me enojé mucho, no te lo voy a negar –respondí –pero luego de varios años entendí el por qué me negaba todas esas cosas

-¿Por qué lo hacía entonces? –sonreí

-Cuando seas mayor, vas entenderlo princesa. Pero por ahora lo único que puedo decirte es que disfrutes tu niñez –susurré cerca de su cabellera –aún te falta mucho para vivir fiestas y hacer amigas. Sólo necesitas tener fe –dije con una sonrisa. Y luego me regaló lo más hermoso que me pudo haber dado después de ver su llanto.

Me dio su sonrisa.

Caleb

El mensaje de Matt me tenía en un universo paralelo. Supongo que por esa razón fui capaz de mandar a la mierda hasta mi propia hermana e inconscientemente también a la chica que me gustaba. Los proveedores al parecer venían teniéndome las pelotas por el piso hace prácticamente dos semanas y casi siempre iban en el horario en donde estaba Jessica o Matt. Pero nunca coincidían conmigo. Tenía que pagarles dos meses jodidos de pedidos necesarios para la tienda y el dinero lógicamente no me caía del cielo. Las ventas de la tienda habían bajado un poco por lo que necesitaba más de tiempo para completar la cuota, pero mientras más pasaban los días, las malditas cuotas subían.

-Hola Small, al fin te encontramos –me saludó seriamente el tipo obeso con canas, chaqueta y corbata. Brian Cox. Era el típico hombre que yo insultaría y golpearía luego de hablar por televisión haciéndose el político interesante. Además de él, había dos hombres más y mucho más altos que yo con músculos hasta en las orejas. Eran sus guardaespaldas o ayudantes o lo que sea.

-Escucha, sé a qué viniste y de verdad, te juro que pagaré pronto. La tienda recién comienza y –él me interrumpió. Maldito canalla.

-Sé que comenzó la temporada de la tienda hace poco Caleb. Pero desde finales del año pasado te vengo diciendo lo mismo –su voz ronca era el significado de haber fumado cigarrillos toda su vida pero ignoré ese hecho. Y seguí con, mi patética súplica.

-Por favor, te aseguro que me conseguiré el dinero esta semana –él negó con la cabeza. Mierda.

-Te he aguantado bastante –suspiró –Sólo estábamos esperando a que vinieras y te avisáramos lo que íbamos hacer

-¿Y qué se supone que van hacer?

-Vamos a sacar discos que cubran con sus precios todas las cuotas que debes –me quedé en blanco en pocas palabras. Demonios, demonios.

-¿Qué? ¿me van a sacar los discos? –grité eufórico. Creo que se escuchó hasta la otra calle, pero a la mierda, todo me importaba una mierda excepto la tienda que me había heredado mi padre y el futuro de ella.

-Lo siento Caleb, no quiero ser el villano. Pero así debe ser –dijo por último para hablarles a los orangutanes de ayudantes. Los hombres fueron afuera para luego entrar con unas cajas. Joder, me tomé el pelo con rabia y frustración, no sé cómo no se me cayó. Esto no estaba pasando

-¿No hay otra forma de arreglar esto Brian? –habló por primera vez Matt quien se mantenía al margen de la discusión

-Lo he esperado mucho y he tratado de contactarme con él para advertirle. Pero nunca lo encontré. –me miró con pesimismo –De verdad, yo no quería que esto pasara –Los hombres comenzaron a tomar los discos de la vitrina. Mierda, no quería ver esto, no quería ver cómo se destruía mi tienda. La tienda de papá.



-Hey, tu hermana se durmió y –apareció una Christine totalmente distraída con una sonrisa a lo que pasaba ahí. Pero en cuanto vio a los hombres llevándose lo que había en la tienda y mi cara de, obviamente, soldado derrotado quedó en silencio. Casi más blanca que un papel. Preguntó con una mirada puesta en la mía, pero no supe que hacer. Ella me estaba matando y no podía tolerar el hecho de que viera en vivo mi humillación. Traté de sacarla tomándola del brazo, no supe si fui delicado pero mi mente no estaba razonable en esos momentos.

-Por favor, ve y cuida a Mel en la camioneta por un rato ¿sí? –ella asintió

-Sí, pero primero dime Caleb, qué está pasando –me susurró en la entrada. Su mirada de preocupada me cautivó tanto que tragué saliva. Basta, joder, basta.

-No importa, sólo ve por Mel

-Pero

-Ve por ella Chris

-No –negó seria. Jodida mierda –No hasta que me lo digas –pronunció como última palabra, no podía discutir con ella. Menos en esta situación.

-Me están embargando ¿sí? –dije por último, gritándole como un hijo de puta. Como el hijo de puta que realmente era. Ella frunció el ceño, sin intimidarse ante mi grito estúpido. La vi ponerse seria para luego ir nuevamente adentro, más precisamente donde estaba Brian.

-Disculpe ¿Es usted quien lleva a cabo el embargo? –él asintió mirándola con extrañeza, no lo culpaba. Yo la miraba igual. –¿Cuánto es lo que debe? –ahora la mire alarmado ¿qué demonios?

-¿Qué mierda? Chris… –la llamé a lo que ella realmente ignoró por completo.

-¿Qué? Señorita

-¿Cuánto es lo que debe? –repitió dura, seria y neutra. Joder, tenía razón. Hasta así se veía hermosa. Brian titubeó.

-1000 dólares en total –respondió. Toda mi cordura se fue en cuanto ella sacó su billetera y sacó una libreta en los cuales era obvio que contenía cheques. La vi escribir una cifra en silencio. Y yo sencillamente no sabía qué diablos hacer.

-Supongo que aceptará cheques ¿verdad? –Brian asintió de inmediato. Christine rasgó el papel para luego dárselo en sus manos. ¿Qué podía hacer? Se notaba que estaba decidida y que aunque le suplicara, no sedería.

-Bien, ahí está todo. –El anciano obeso miró el papel para luego levantar su vista con aire de satisfacción.

-Vaya, Caleb tienes mucha suerte de tener una novia como ella –señaló a Christine. Quise negarlo pero esperé a que ella le confirmara que no había ninguna relación. Pero no sucedió lo que me extrañó, suspiré. –Oigan, desempaquen todo y ordénenlo de nuevo. Las cuotas están pagadas –llamó a los orangutanes. Ellos obedecieron como animales.

Rayos, hacerle un monumento a aquella mujer era poco.



-Gracias –le dije mirándola a los ojos cuando Brian, Matt y los musculitos se habían ido. –Te juro, te juro por Dios que te pagaré hasta el último centavo en cuanto tenga el dinero –Chris negó con la cabeza

-No Caleb, tómalo como un pago por el mal trato que viviste hoy con Nick –tragué saliva

-No, de verdad. Te lo pagaré y no insistas

-Tu no insistas –dijo ella exasperada –Dime Caleb, si no aceptas la ayuda de las personas ¿cómo esperas ayudarte a ti mismo? –La pregunta me tomó desprevenido, quise cortarme la lengua al darme cuenta de que tenía toda la maldita razón. Entonces mi ímpetu pudo conmigo.

La abracé, la abracé por todo. La hubiera besado si no fuera porque aún tenía un poco de cordura en mi cerebro que decía que era una chica inalcanzable para mí y sea como sea, nunca pasaría nada entre nosotros. Sentí su aroma, olía a vainilla suave, olí su cuello ya que mi nariz o mis sentidos la guiaron ahí. La rodeé con mis brazos en su pequeña cintura y sentí como ella suspiraba también en mi cuello poniendo sus brazos en mi ancha espalda y haciéndome sentir escalofríos. Había tanta química entre nosotros que no supe cómo no hubo una reacción radioactiva. Estuvimos así varios minutos que parecían infinitos, preciados, como si no existiera nada alrededor.

Saqué mi cuello de su dulce escondite para mirarla. Vi cómo nuevamente se perdía en el azul de mis ojos. Mandé a la mierda mi cordura, mis sentidos y todo lo que se interpusiera. Quería besarla y eso superaba cualquier obstáculo.

Para cuando lo iba hacer, su voz suave me interrumpió.

-No me beses –susurró suplicante. Fruncí el ceño, pero no tanto, ya que en cierto punto me encanta la forma en que suplicaba, como si fuera una tortura no poder tocarnos con nuestros labios. Lo cual era cierto.

-¿Por qué?

-Porque vas a complicarlo todo –tragó saliva. Le sonreí

-¿Te he dicho que me gustan las complicaciones? –ella rió negando con la cabeza. Separándose lentamente de mí.

-Vamos –dijo tomándome de la mano –Mel nos espera. –terminé por sonreírle para luego seguirla. De una cosa estaba seguro y podía admitirlo sin complicaciones.





Estaba loco por ella.

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