
-¿Puedo sentarme aquí? –escuché decir a Nick acercándose con una sonrisa y una bandeja de comida en sus manos. Si hubiera podido descifrar su rostro aún más apostaría mi vida que en su mirada habían altas ilusiones de sentarse a mi lado. Y es que estaba sola comiendo un famoso puré de papa con una ensalada, en una mesa, apartada de los demás profesores. La cafetería, el lugar donde se sientan almorzar o como le llamen, prácticamente estaba todo el alumnado y gente docente del instituto. Miraba hacia mi lado y habían grupos de adolescente sentados y riendo. Miraba hacia otro y admiraba a todos los maestros sentados en una gran mesa compartiendo, aunque si era sincera preferiría no estar ahí. Lo viejo y aburrido de esa mesa se veía a kilómetros de distancia
Asentí con un gesto de cabeza, mirando nuevamente a Nick.
-¿Por qué no estás en la mesa de los maestros? –preguntó inmediatamente después de sentarse a mi lado, lo cual hacía que nuestras piernas chocaran. Joder, odiaba que me invadieran mi espacio personal teniendo mucho más espacio por los lados. Levanté los hombros, no quería ser descortés
-Digamos que no quiero interrumpir su fiesta –dije con ironía y una sonrisa. Él soltó una risa
-¿Desde cuándo discutir sobre cuántas calorías tiene una cucharada de azúcar es divertido? –negó con la cabeza riendo –Dios, es mejor que no estés ahí. Estoy seguro que al próximo día regresarías con 40 años más encima –reí
-Puede ser
Entonces de la nada, como si mis sentidos me dirigieran, aparté mi vista del rubio para contemplar unos ojos azules que me estaban mirando de lejos, esos que me hacían suspirar interiormente cada vez que los observaba. Caleb me estaba mirando y en el momento en el que me di cuenta despistó su vista para seguir haciendo quien sabe qué en su teléfono, recién me había dado cuenta que estaba solo por lo que parecía muy satisfecho con ese hecho. Se notaba que era un chico solitario, reservado, serio y con un dolor más allá del que demostraba. Por un momento me quedé pensando en el por qué había repetido un año siendo que a simple vista era un muchacho inteligente, pero no podía apostar el hecho de que su vida personal podría ser un tanto compleja.
-¿Chris? –la voz de alguien me interrumpió de mis pensamientos y de mi cara de boba mirando a Caleb, Nick, quien por lo demás me miraba con un ceño fruncido –¿estás bien?
-Sí, sí, es que me quedé pensando en –titubeé –cosas
-¿Segura?
-Sí, segura –me acomodé la garganta con una sonrisa fingida para luego tomar de mi jugo de naranja, que justamente estaba al lado de mi comida. –Y ¿qué me cuentas? De tu vida, cómo te ha ido Nick –pregunté con nerviosismo, tratando de sacarme de mis propios pensamientos. Demonios ¿desde cuándo pensaba tan persistentemente en un hombre? O al menos, en un chico de 17 años. Tenía que sacármelo de la cabeza, aunque fuera lo más difícil recordando el color de sus ojos en cada momento. El hermoso contraste de sus ojos.
-Bueno, digamos que me ha ido bien. Creo que enseñar aquí en DePaul o al menos mantener las reglas de los chicos es lo mejor que me ha pasado en los últimos 4 años –abrí mis ojos sorprendida
-¿Trabajas aquí hace 4 años? –asintió
-Claro ¿por qué te sorprendes?
-No, es que sólo… no me lo imaginé –le sonreí abiertamente. Por primera vez desde que hablé con Nick por la mañana me di cuenta que me miraba de una forma, no tan inocente, y demasiado lujuriosa. En cierto punto lo sabía internamente. Años de ser soltera y conocer al género masculino me hicieron entender cuándo un hombre me miraba de forma lasciva. Y obviamente en el fondo sabía que aquel rubio me quería en su cama tarde o temprano. –¿Y cómo va tu corazón eh? ¿alguna novia? –no tenía idea del por qué pregunté eso ya que sinceramente, no me interesaba.
-Es complicado… luego de que te fuiste del campamento –se acomodó la garganta –sufrí mucho si te soy sincero. Fuiste, por así decirlo, “mi primer amor” Chris –me incomodé ante lo dicho. Diablos y ahora qué. Ese rubio por más guapo que sea y tenga el rostro de un modelo de alta categoría, nunca llegó a ser para mí más que un amor de verano divertido. Con quien pasé buenos momentos de mi infancia. Sonaba frío, pero de todas formas le tenía cariño más que sentimental, lo tenía más bien de un cariño de amigo o hermano.
-No sé que –cortó mi frase antes de que pudiera terminar
-No es necesario que lo digas. Sé que fue un amor juvenil y no me malentiendas, también tuve una novia que me marcó y todo
-¿De verdad? Cuéntame de ella –le sonreí. Más que nada para salir del momento embarazoso
-Creo que no es buena idea
-Vamos chico, sabes que puedes confiar en mí. Soy buena escuchando y si puedo, dar consejos –me sonrió
-Fue hace un par de años, fue bastante serio si es que lo puedo decir. Incluso teníamos pensado en casarnos –abrí mis cejas. ¿Nick casándose? Por alguna razón no me lo imaginaba –hasta que ocurrió lo peor –suspiró tragando saliva. Se notaba a kilómetros que aún era importante para él, no en el sentido de que aún siguiera amando a la chica. Si no que la herida aún seguía intacta –Un día llegué temprano a mi casa, sabes. La casa en la que compartíamos y en la que pensaba que podíamos vivir juntos para siempre. Pensé en darle una sorpresa y al parecer la sorpresa me la llevé yo
-¿Qué pasó?
-Fui a nuestro cuarto y la encontré en la cama con otro imbécil –después de lo dicho me atraganté con mi propia saliva. Joder, no me esperaba eso –y adivina que fue lo peor
-Nick, yo… –la verdad era que no sabía que mierda decir. Además de que su novia era una zorra, claro.
-Ese imbécil, era mi propio hermano –quedé blanca por último. Diablos, ahora que lo escuchaba podía sentir su dolor. Su rechazo o al menos su seriedad. ¿Qué clase de novia hacía eso? ¿o qué clase de ser humano puede causar ese dolor a su propia familia? Sinceramente no sabía que decir, me encontraba en shock sin poder encontrar las palabras adecuadas para hablarle. Nick era un chico bueno a simple vista, de buenos sentimientos y de una mirada muy galante. Era como un alemán, rico y sofisticado. No buscaba jugar con las mujeres o al menos eso es lo que veía, si no que era de las personas que daban todo por aquellos que aman y terminan decepcionándose de la peor forma posible. Lo llegué a entender, incluso sin querer.
-Lo lamento –hablé agudamente –ella no te merecía
-Lo sé. Ya lo superé, digo, han pasado 3 o 4 años. La vida sigue –asentí de acuerdo
-¿Y que pasó con tu hermano?
-No he vuelto hablar con él. Mis padres tampoco desde que se enteraron, supongo que es lo mínimo que se merece
-¿Sabes? mi padre siempre decía que cada mala jugada, hacía una nueva partida. –levanté mis hombros –deberías verlo por ese sentido
-¿Decías? ¿qué pasó con tu padre Chris? –preguntó cambiando de tema y su ceño fruncido. Ahora fui yo la que tragué saliva. Nunca me gustaba hablar ese tema ya que, me hacía vulnerable, débil y odiaba sentirme así. –Lo siento, soy un idiota, no debí preguntar –dijo al notar el cambio que hubo en mi rostro
-No, no es tu culpa. Digo, él… –suspiré –él murió cuando tenía 15 años. Cáncer al pulmón para ser precisa, los médicos trataron de pararlo pero era demasiado tarde, él cáncer se había propagado por todo su cuerpo. Para cuando se enteró no había salida, sólo le quedaban dos meses de vida –para cuando lo dije, mi voz se quebró. Él era lo más importante en mi vida, el que me enseñó todos los valores y las cosas que hoy sé. Mi madre también lo hacía, no le quitaré el crédito, pero sin duda con quien tuve esa “conexión especial” fue con él. Y hasta el día de hoy me dolía hablar de su muerte aunque en mi corazón siguiera más vivo que nunca
-Lo siento mucho Chris, de verdad –susurró cerca de mi oreja. No me había dado cuenta que me había abrazado. Cerré mis ojos y me dejé llevar frente a su toque suave y clandestino. Olía demasiado bien.
-Está bien, a mi padre nunca le hubiera gustado verme así. Siempre me decía que debía mantener mi frente en alto en todo lo que se me atravesara en mi camino. –Nick asintió dándome mi espacio, dejando de tocarme.
-Y tenía razón Chris, siempre la tuvo
-Gracias por escucharme –le agradecí con sinceridad. Él negó
-No me agradezcas, yo tengo que agradecerte a ti. Tienes el don de escuchar –dijo suavemente – eres impresionante. Creo que has cambiado en cuanto a físico, pero sigues siendo la misma Chris que conocí en ese campamento –habló con una sonrisa
Luego de un momento, giré mi vista más precisamente a sus labios y noté que con lentitud se acercaba a mí. Su intención era clara, quería besarme. También quería, para ser sincera, me daba curiosidad explorar en aquel territorio que no probé completamente hace diez años. Me acerqué también con la misma intención. Nuestras respiraciones se mezclaban, nuestros labios casi caían en un contacto excitante que lo hacían agitarse, entonces giré mi cabeza rápidamente, evitando su cometido. Le sonreí tímida, aunque con un toque descarado
-No aquí –susurré señalando con mis ojos verdes alrededor. Que aún estaba lleno de estudiantes. Él alzó sus cejas –es inapropiado
-¿Quieres que vayamos a mi casa después? –le di una sonrisa amable ignorando sus ojos lujuriosos puestos en mí, cambiando radicalmente el tema centrado que estábamos tratando.
-Me parece buena idea –respondí para después, sin poder evitar, girar mi mirada hacia otro lado esperando encontrarme a Caleb sentado en una mesa solo. Me decepcioné sin saber la razón
El chico de aquellos ojos azules que me volvían loca, se había ido.
Caleb
-Estás callado –pronunció una voz aguda y muy conocida. Mel, que hace unos instantes venía a mi lado en la camioneta después de sus clases. Me conocía bien y no es que me quejara. Esa niña era una copia exacta mía por lo que estábamos aún más conectados.
-No es cierto –ella negó
-Si lo es. Nunca estás callado, por lo general te la pasas citando frases de libros aburridos o poniendo la radio con canciones de rock –reí. ¿Cómo era posible que una criatura como ella me conociera incluso, más que yo mismo?
-Eso no es verdad –bufó
-Como digas –se estiró en el asiento de copiloto del cacharro llamado vehículo y observó por la ventana como el sol ya no estaba en plenitud bañándonos con su luz en la ciudad de Chicago. Eran casi las 6pm y tenía que llevar a Mel a la tienda obligatoriamente, aunque no quisiera. No es que me desagrade su presencia pero es mi lugar de trabajo. No me gusta el hecho de que viera aquello, Darrell tenía que ir a su casa hacer quien sabe qué, al parecer era muy urgente. Por lo que no podía cuidarla y decidí llevar a mi pequeña monstruo de pelo rizado y suave.
-Mel –la llamé captando su atención –Quiero que te comportes en la tienda ¿sí? Es un lugar que va a estar con gente entrando y saliendo, por favor no quiero que te den los ataques de “tocar y romper” –frunció la nariz –¿me lo prometes? –asintió exasperada
-¿Cuánto falta para llegar?
-Poco –sonreí divertido al ver su rostro de cansada –además, no me has dicho como te fue hoy en la escuela
-No preguntaste
-Bueno, ahora te pregunto –dije obvio sin quitar la vista del camino
-Me fue bien, sin ningún cambio del año pasado.
-¿Hiciste amigas? –me interesaba ese punto. No me gustaba para nada la idea de ver a mi hermana en cada receso sola sentada en un banco y sin amigas a su alrededor.
-No –levantó los hombros –pero me hice amiga de un chico nuevo –alto, me dije a mi mismo. Joder, sin poder evitarlo me puse celoso ante ese hecho. Mi hermana era una niña hermosa y los niños, sea de la edad que sean, tenían prohibido el acceso ante ella. Primero sobre mi cadáver antes de ver a Mel estando con un chico. “Tranquilo pelmazo ¿de verdad te estás poniendo celoso de los chicos que se le acercan a tu hermana? ¡Sólo tienen 9 años!”
-¿Y? ¿cuál es su nombre? –pregunté aferrando mi mano con fuerza en el manubrio de manejo de mi camioneta. Precaviendo que no se diera cuenta
-Josh, es muy amigable –me sonrió tierna
-¿Y… –me acomodé mi garganta preparándome para la pregunta que haría –te gusta? –ella negó rápidamente
-No, ew ¿por qué piensas eso? –ahora fui yo el que levantó los hombros. Tenía que dejar de ser tan paranoicamente estresante
-No lo sé. Solo pregunté
-¿Por qué? ¿acaso a ti te gusta alguna chica? –levantó sus pequeñas cejas y las movió de forma tan divertida que casi me hiso soltar una carcajada. Para cuando tomé en cuenta su pregunta mis pensamientos relativamente se fueron a Christine. Con solo verla me hiso sentir lo que nunca sentí antes ¿cómo era eso posible? Sabía de alguna forma que la chica no estaba en mi alcance. El tipo de mujer o la clase de ella no era de las que estaba con un hombre desequilibrado emocionalmente o atareado con su vida laboral y estudiantil. La de su clase buscaba un hombre estable, si es posible rico y una vida emocional que sólo se ocupe de la mujer con quien esté. La mía para nada era así, estaba claro. En mi vida entera me he privado de eso, sólo he puesto mi responsabilidades delante de todo. Eso fue lo que me prometí a mí mismo después de que mis padres murieran
-¿Qué pasaría si fuera así Mel? –le respondí con una pregunta certera luego de un instante. Ella alzó sus cejas con una sonrisa, tal vez sabía que diría eso.
-Uh, creo que depende –fruncí el ceño
-¿Depende? ¿a qué te refieres con eso?
-Mmmh bueno, depende de quién te guste –suspiré –¿es Jessica? –preguntó vacilante. Por lo que la conocía pensé que tal vez no le fascinaba la idea de que me gustara la pelirroja. Quise preguntarle el por qué pensaba eso, nunca di razones para que me gustara y para ser sincero, la veía como una mejor amiga.
-No, no es Jessica
-Lo sabía –sonrió orgullosa –te conozco demasiado
-Eres una pequeña monstruo, sabes –reí
-Entonces ¿cómo se llama? –tragué saliva, pensé en cómo explicarle las cosas para que no sonara tan estúpido. Digo, decir que te gusta tu profesora con sólo haberla visto en tu tienda de discos no era inteligente y menos para hacer entender a una niña de 9 años. Aunque sin mentir, Melanie era bastante inteligente para su edad
-Creo que es muy pronto para decir que me gusta, pero me gustaría conocerla
-Vamos, sólo di como se llama la primera chica de la cual me hablas –sonrió traviesa y divertida
-Te lo diré si prometes no decírselo a nadie y comportarte en mi tienda –ella levantó su dedo meñique con una sonrisa respondiendo con aquel gesto. Estacioné mi camioneta en la entrada de la tienda, por fin llegando. Levanté el mío haciendo un gancho entre ambos y prometiéndonos lo tratado. Era lindo y bastante infantil aquello, tal vez por eso era el hecho de que aun teniendo 17 años lo seguía haciendo con mi hermana. –Su nombre es Christine, Christine Parker
-Suena como un nombre de una Barbie –fruncí el ceño mientras la llevaba adentro de mi centro de trabajo
-¿Nombre de Barbie? ¿cómo es eso?
-De que es muy linda y especial –sonrió sonrojada. Reí nuevamente, mi hermana podía llegar a ponerme los pelos de punta en algunas ocasiones, pero lo que sabía a ciencia cierta era que tenía una imaginación infinita.
-Créeme, lo es –dije por último para luego ver al paliducho Matt jugando con su celular, sentado en la vitrina donde se atendían a los clientes. Que por lo que veía, había como seis o siete personas más en la tienda que permanecían ajenas observando los discos. Él levantó la vista con un gesto cansado
-Al fin llegas –suspiró. Tomó su bolso que al parecer ya tenía preparado, para cuando salió de allí fijó su mirada en mi hermana, cambió su gesto cansado en uno de admiración –hola pequeña Mel ¿cómo estás?
-Hola Matt –saludó tímida. Luego subió la mirada hacia a mí
-¿Cómo estuvo la tienda hoy?
-Bien, como siempre –asentí. –aunque por lo que sé en el horario de Jessica vino un tipo de traje y preguntó por ti. Al parecer debes dos meses de pago con los proveedores o algo así
-Maldición –dije tomando mi cabeza. Mierda y mil veces mierda –el pago de la manutención de Mel no llega hasta fin de mes ¿Qué voy hacer? –me susurré tratando de que mi hermana no escuchara, pero no me preocupé hasta que la vi viendo más discos por otro pasillo. Tenía que ir a hablar con esos hijos de putas, se me había olvidado por completo aquello joder. Miré a Matt y le di un saludo de manos para después despedirse de Melanie con un levantamiento de la misma. Exhalé viéndolo salir y acomodarme en la vitrina, viendo como la pequeña monstruo venía hacia mí y se sentaba a mi lado.
-¿Qué pasó? –me miró con sus ojos azules, iguales a los míos y una mirada preocupada. Me conocía bien.
-Nada, no te preocupes. Cosas mías –se quedó callada mirando la televisión que estaba puesta a una altura determinada en la esquina de la tienda. Así para poder estar a la vista de todos. Tomé mi cabeza y me quedé así por un buen rato, necesitaba un par de aspirinas, o un cigarro o lo que fuera para calmar la ansiedad que tenía.
-Quiero este –habló una armoniosa y sexy voz conocida ante mis oídos. Levanté mi vista y me encontré con esos ojos verdes profundos que me cortaban la respiración. Joder, basta Caleb, esto no te va pagar las cuentas. Una aventura no cuidará de tu hermana, ella es sólo una distracción. Una hermosa y desconcertante distracción. Christine me miró levantando una ceja y una sonrisa divertida, señalando el disco de Norah Jones que había puesto frente a mí
-Hola –la saludé nervioso.
-Hola ¿estás bien? –preguntó viendo mi aspecto de soldado derrotado. Al parecer era bastante notorio
-Sí, sólo estoy un poco cansado Chris –la pequeña Mel alzó las cejas levantando la vista para ver a la chica en el mismo momento en que dije su nombre. Christine la miró con una sonrisa maravillosa, con solo aquello, me alegró el jodido día de mierda que había tenido. Extrañamente.
-¿Tu nombre es “Christine”? –preguntó tierna y mirándome de reojo. Mierda.
-Sí princesa, ¿y el tuyo es…?
-Melanie, soy hermana de Caleb –se sonrojó
-Hermoso nombre, Melanie. –al parecer la pequeña monstruo la miró de abajo hacia arriba después de salir de su asiento. Christine rió –¿qué tengo? Por favor, dime que no estoy mal vestida –bromeó. Mi hermana negó rápidamente con la cabeza
-Eres como una Barbie –tierra trágame. La castaña clara frunció el ceño no entiendo, por supuesto divertida.
-¿Cómo es eso?
-Eres linda y especial, incluso te pareces a una muñeca que tengo –Christine lanzó una risa
-Pues gracias y tú te pareces a una princesa, sin duda nena. –Melanie volvió a sonrojarse
-Puedes venir a ver mis muñecas si quieres –luego de aquello mi cara de alerta casi calló al suelo. Creo que hasta incluso me puse rojo de tan sólo pensar en la chica que me vuelve loco en nuestra casa. Christine me miró pensativa
-No sé si le guste esa idea a tu hermano cariño –mi hermana me miró con una mirada suplicante y a la vez amenazadora. ¿En qué estaba pensando esta niña? Joder, no podía invitar de la nada una chica. Digo, si a una amiga, pero estábamos hablando de mi profesora. De la chica que me roba el sueño y que por más que costara admitirlo, no la conocía perfectamente. Aunque ganas no me faltaban. Suspiré resignándome ¿qué tan malo podría ser?
-No es ningún problema Christine, puedes venir a mi casa con Melanie cuando quieras –después de eso saltó de un lado a otro para luego abalanzarse ante mí. Bien, ahora hasta le agradó extremadamente a mi hermana y viceversa, esto está cada vez mejor.
-Entonces, sería un gusto ir a jugar con usted, su majestad –habló ella con una sonrisa divertida. Un claxon sonó de la nada a las afueras de la tienda, ella lo miró de reojo. Al parecer estaba con alguien. Fruncí el ceño –lo siento querida, tengo un compromiso y me tengo que ir. Pero te prometo que mañana vendré a la misma hora y jugaremos toda la tarde ¿si? –Melanie asintió besando la mejilla de Chris
-No es necesario. Puedo llevarte después de clases en mi camioneta, directamente a mi casa –hablé interrumpiendo –claro, si quieres –me miró titubeante. Melanie soltó una risa a lo bajo
-¿De verdad? –asentí sincero. Aunque por dentro sólo quería sacarme la boca, creo que mientras más bocón más inútil era. En pocas palabras. –Pues me parece bien –el claxon sonó de nuevo desconcentrándola, suspiró para luego poner un billete de 20 dólares sobre la vitrina y tomar el disco de Norah Jones que había puesto hace un momento ahí. Se iba a ir pero yo la paré
-Espera Chris, tu cambio –ella me sonrió y creo que morí.
-No te preocupes, quédatelo –me sonrió –nos vemos mañana –se despidió con un gesto de su mano y terminó por irse a quien sabe dónde.
-Tenías razón –Melanie me interrumpió de mis pensamientos mirando la salida en la cual mi profesora se había ido. Fruncí el ceño
-¿En qué?
-Ella es muy linda y especial
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